Ficciones Verdaderas

Por Liliana J. Guzman (Koiné). Fotos: María Gowland.

Claudio Tolcachir

En un nutrido y hermoso ensayo de juventud, F. Nietzsche afirmaba que las verdades son ficciones que hemos olvidado que lo son (Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, 1873). De ello se deducía que las comunidades humanas tejían mentiras con las palabas, mentiras verdaderas, mentiras que definidas más allá del ámbito de lo moral, construían verdades o convenciones aceptadas socialmente para dar significado, interpretaciones, metáforas, sentidos a las experiencias que se ponían en juego en la trama de las palabras. Las verdades, dijo Nietzsche, son ilusiones, son mentiras que con el tiempo y el uso vamos olvidando lo que son, y las hacemos verdaderas. Las mentiras, esos juegos de palabras para telarañas de ilusiones verdaderas. Las verdades, esos juegos de palabras que juegan a la ficción para hacernos creer sentidos verdaderos en los sinsentidos ilusorios. Las palabras, “juegos de la imaginación, dijera un señor loco que nunca falta entre los cuerdos”, según escribiera Julio Cortázar.

Y sobre las palabras de Julio Cortázar, sobre esa rayuela de ilusiones, es que Diego Sabanés construye un laberinto encantador con su película Mentiras piadosas (2009). Tejida con un encanto singular, devoto y fiel al lenguaje visual de Julio Cortázar, la ópera prima de Diego Sabanés (rodada en San Luis) ofrece un retrato celebrativo de la poética cortaziana (que se suma al tren de celebraciones que cineastas como Michelangelo Antonioni o Fabian Bielinsky han hecho con la obra de Cortázar) con una representación muy plena en todas las imágenes recurrentes en el escritor: la casa de familia como una “casa tomada”, los viajes a París, las cartas a tía y a mamá y a los hijos viajeros, la familia ampliada, las ilusiones cotidianas, la música, los conejos, las clases, los negocios familiares, las inquietudes filosóficas, las preguntas por la verdad tras las apariencias de las mentiras, los engaños recurrentes, etc.

En efecto, Mentiras Piadosas no sólo que contiene muchísimos elementos de la poética y la literatura cortaziana, sino que además representa el juego de las palabras cuando entretejen ficciones que devienen en ilusiones verdaderas. Ilusiones que le dan sentido a la vida. Ilusiones que hacen posible demorar el letargo hacia la muerte de algunos en virtud del silencio sobre desapariciones de otros. ¿Qué juego hacen las palabras en la obra de Sabanés? Todos los juegos con los que sus personajes, interpretando, reconstruyendo y deconstruyendo el cuento La salud de los enfermos (Todos los fuegos el fuego, 1966) le dan vida a una película cuya trama consiste en crear un paréntesis del tiempo para que el camino hacia las muertes anunciadas sea, de alguna manera, velado y atenuado. En ese paréntesis, los miembros de una familia renuevan la memoria y viajan discontinuamente hacia algunos flashback del pasado. Y entretanto, todos amortiguan el paso del tiempo hacia la muerte con ficciones verdaderas: con mentiras piadosas para que la muerte anunciada no venga con estrépito, con mentiras verdaderas para que la vida continúe habitando en castillos de ficciones por las cuales la vida toma sentido y color, aunque sean ¿… mentiras?

Paula Ransenberg

 
Pero no sólo la muerte es el problema que merodea entre el castillo de naipes que erigen los protagonistas de esta película de Sabanés. También el amor y el exilio son las otras dos inquietudes de Mentiras Piadosas. El amor como la cara de esa moneda que también, como el lenguaje, contrapesa la cercanía de la muerte. Y el exilio como esa odisea misteriosa por la cual alguien salió del hogar y se emprendió en un viaje incierto hacia otra parte. No importa dónde, viaja sin rumbo… quizás para encontrarse a sí mismo, quizás para olvidar esta vida de apariencias, quizás para comenzar una nueva vida de apariencias, y de apariencias sobre las apariencias. A su vez, las ilusiones de amor hacen olvidar a los personajes que de ilusiones también se vive: las ilusiones de amor reúnen y dispersan los fragmentos de cada yo reflejado en la mirada del otro. ¿Quién soy yo, sino ese amor herido que no puede olvidar los amores pasados y que no se entrega a vivir los amores presentes? ¿Quién soy yo, sino esa vida que va camino de su muerte y que necesita olvidar ese tránsito en otro tránsito ilusorio que alivie la angustia y el dolor de estar vivo?

Con la poética típica de las palabras tipeadas a máquina de escribir, con el universo simbólico de Cortázar, con la austeridad que abre la imaginación cuando se pone a rodar para construir una película reconstruyendo textos literarios, con todo eso y en una historia maravillosa y humana, demasiado humana, Mentiras Piadosas es una obra que abre mucho más que la posibilidad a varios festivales internacionales de cine (y palmas desde ya, en augurio de sus posibilidades), es mucho más que una lectura de Cortázar, es mucho más que el retrato viviente de una casa tomada. Mentiras Piadosas es ese mismo juego de las palabras que mienten con ficciones, que construyen verdades, que nos entrampan en bellos laberintos de palabras y angustiados castillos en el aire para recordarnos que los sueños, la imaginación, las ficciones, las vías de fuga en el amor y el exilio del tiempo y de la muerte no son delirios ni locura, son el pan nuestro de cada día y, quizás también, la puerta abierta a infinitas rayuelas y telarañas oníricas de las palabras, para seguir viviendo.

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