Luces y Sombras de una Casa Viva

Por Angel Peña para Fila Siete (España).

Claudio Tolcachir y Walter Quiroz en un ensayo

Pablo, el menor de una familia acomodada del Buenos Aires de los años 50, viaja a París para labrarse un futuro como músico. Tras una tierna despedida, todos esperan una carta suya que no llega. La madre, viuda y enferma, se impacienta, y el resto de la familia, con el hijo mayor Jorge al frente, decide inventarse una respuesta para tranquilizarla. Pasan los meses y Pablo sigue sin dar señales de vida, pero la mala salud de la madre desaconseja acabar con la simulación, que crece hasta devorar a toda la familia, implicada en el descomunal esfuerzo de mantener la verosimilitud de un Pablo de ficción, triunfador y feliz en París, mientras el mundo real de prosperidad burguesa se desmorona poco a poco.

El desconocido Diego Sabanés, grato descubrimiento, ha realizado una más que meritoria adaptación libre del relato La salud de los enfermos, de Julio Cortázar. Sobre un supuesto que en el escritor derivaba hacia vertientes más lúdicas, el cineasta crea un universo paradójico, en el que la institución “familia” muestra una doble cara: la fuente de cohesión y de amor, el campo de cultivo de episodios entrañables, pero también la sutil y sofocante cárcel construida de necesidades, traumas, oscuridades no resueltas…

La puesta en escena y la dirección de actores, sobria pero con intención, construye un eficaz artefacto con cierto sabor a Hitchcock, en el que la casa, gracias a la excelente fotografía, sobrepasa su condición de escenario para convertirse en un personaje más, quizás el verdadero protagonista, mano a mano con una inmensa Marilú Marini en el papel de madre y el cohesionado bloque coral del resto de la familia, todos excelentes actores formados en el fértil teatro argentino.

Los juegos de miradas, la presencia inquietante de la escalera, los flashback como chispazos que sugieren el origen de una actitud más obsesiva que responsable por parte de los hijos, todo contribuye al desarrollo de ese clima que se traduce naturalmente en un ritmo propio y simboliza la nostalgia por aquella próspera Argentina que se perdió (o algunos extraviaron). Y todo pide a gritos una sana asimilación del pasado. Pero no es tan fácil. No es fácil atar los cabos sueltos de una familia. Como no es fácil la vida en Argentina hoy, 50 años después. Nada es fácil. Nada que merezca la pena.

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