Nunca es Triste la Verdad…

Por Javier Luzi
www.cineramaplus.com.ar

Tolcachir, Ransenberg, Quiróz en un ensayo.

Cuando sustentamos que el cariño está por encima de cualquier cosa, que hay amores que merecen que burlemos la verdad o que sostengamos un mundo ficticio para no hacer daño o para hacer el menor daño posible, cuando abandonamos la sinceridad en pos del supuesto bienestar del otro, en el fondo sabemos perfectamente que, más temprano que tarde, la cadena de mentiras acabará por tragarnos sin remedio. En una sociedad como la nuestra, tan argentina (que es como decir tan negadora, tan ciega, tan telenovelera), bien sabemos de ficciones que encubren la realidad. Cortázar supo dar cuenta de esto y cultivó en su cuentística ese afán de tejer redes de secretos y entramados de medias verdades especialmente en esos sectores sociales que prefieren partir a mejores patrias si no pueden someter el mundo real o dejar aflorar la extrañeza de lo cotidiano admirando cómo lo fantástico surge por los intersticios.

Cuando Pablo viaje a Paris (¡oh Paris Paris!, la meca del intelectualismo burgués argentino) para conquistar su destino, acá en Buenos Aires su familia (incluyendo una casi novia) esperará por sus postales y cartas. Esperará en vano. Pero Mamá está enferma y hay que ocultar este olvido a cualquier precio.

Una familia, -parece decir y mostrar la película-, es un conglomerado de mentiras, falsedades, ocultamientos, secretos, disimulos y disfraces. Cada quien, calla y otorga. Engaños y traiciones de pareja, dobles matrimonios, enfermedades, deseos íntimos.

Sabanés consigue destilar en el filme la reconocida esencia cortazariana, mezclando distintos cuentos, echando mano al eje fantástico que aparece en la cotidianeidad más común, construyendo un tiempo y un espacio que consiguen la verosimilitud con una puesta que nos retrotrae al cine de Antín o de Torre Nilsson, a un cine antiguo (y con utilización de un lenguaje cinematográfico funcional) que no viejo. Inteligentemente ha convocado a un elenco de intérpretes que mayoritariamente proviene del teatro y cuyas imágenes no son tan accesibles para el público en general lo que le otorga al primero una solidez indudable más un plus de extrañeza y al espectador una posibilidad cierta de acceder a una creencia más rápida en el “cuentito”.

La casa tomada invierte su tópico “expulsando” a sus habitantes y mientras las llaves cierran puertas y clausuran habitaciones, la endogamia enfermiza rechaza cualquier posibilidad de que la realidad se cuele. Claustrofóbica y ambigua la puesta en escena ya se ha vuelto tan normal que la duda será posible sólo para los que viven afuera, mientras los otros transcurren en suspenso la vida que se supieron construir. Una fantasmática.

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