Una realidad paralela

“Mentiras piadosas”, opera prima de Diego Sabanés, captura la esencia del cuento de Cortázar en que se basa.

Por Miguel Frías (Clarín)

Paula Ransenberg

Paula Ransenberg

En Mentiras piadosas, el realizador Diego Sabanés tiene la rara osadía de no ser moderno. De recrear un clásico literario del siglo XX con procedimientos cinematográficos funcionales a esa historia, no a la mera innovación. Sabanés evita cierta endogamia generacional. Los personajes de su opera prima -que también son los de Cortázar: hablamos de una versión libre de La salud de los enfermos– ejercen, en cambio, la endogamia más asfixiante: la familiar. Construyen, sin saberlo, como barrera frente a la muerte y otras angustias “externas”, un universo fantástico en donde sólo había costumbrismo. Un universo cerrado del que, más tarde, no pueden o no quieren salir. O que ni siquiera perciben.

El mecanismo funciona muy bien en cuentos de Cortázar y Bioy Casares, pero suele fallar cuando se transforma en cine. No es éste el caso.

En La salud… un joven muere en un accidente, en Montevideo, y su familia le inventa a la madre -enferma- que está trabajando en Brasil. Mentiras… es, en este punto, más ambigua: el muerto (Walter Quiroz) no está necesariamente muerto: es un violinista que viaja a París y deja, simplemente, de dar señales de vida. Marilú Marini interpreta a la madre; Claudio Tolcachir y Paula Ransenberg, a los hermanos; Verónica Pelaccini (una revelación, junto con Ransenberg), a la novia. Sus gestos contenidos, sus miradas trabajadas con planos cerrados -en el asfixiante interior de una casona de fines de los ’50-, nos transmiten cómo los (nos) invade una suerte de irrealidad hecha de ambigüedad y claustrofobia.

Sobre los tíos (Hugo Alvarez y Claudia Cantero) recae gran parte del tono de comedia negra del original, mientras lo siniestro, lo cotidiano volviéndose extraño, sigue invadiendo la casa. La familia envía cartas apócrifas -tan centrales en Cortázar, tan arruinadas por la tecnología como elementos dramáticos- con noticias de los supuestos triunfos del desaparecido en París: construcción de una realidad paralela.

El matriarcado y sus mandatos, la impostada alegría que rodea a los enfermos, los patológicos entramados familiares se ponen en juego en Mentiras…, a través de personajes observados con distante cariño. En algún momento, ya no se sabe quién cree qué. Ni cuál es la verdad, si hay una. Un plano del final muestra, desde el interior de la casa, a una silueta espectral tras un vidrio. Pero, a esta altura (del filme y de nuestras vidas), ya imaginamos de qué lado están los fantasmas.

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