Una Historia de Cronopios y de Famas

El debut de Diego Sabanés en la dirección de un largometraje resulta un film curioso. En principio, porque tiene una enorme y sana ambición: no es sencillo tomar a un clásico universal  y contemporáneo como Cortázar y animarse a hacer una película.

Por Leonardo M. D´Espósito (Crítica de la Argentina)

Walter Quiróz y Claudio Tolcachir (Foto: Tobías Bruns)

Una tarea mucho menos sencilla que partir de la obra de Cortázar es condensarlo en lo que se podría llamar un film (casi) industrial, técnicamente impecable y con vocación de gran público. Y lo primero que se puede rescatar es esa vocación un poco oceánica del realizador.

No hay malas noticias, tampoco entusiasmos desmedidos. La historia es la desaparición de un joven y una familia empeñada en que su madre no se entere. En el relato original había un muerto; aquí, no, o no necesariamente. El proceso de duplicar constantemente la apuesta para sostener la ficción va enrareciendo la vida de los personajes hasta que la propia mentira, ya no piadosa sino desesperada, se apodera de todos. En todo esto, Sabanés se muestra preciso, concentrado: como director, parece uno de esos deportistas que sabe que debe llegar a cierta meta y sólo piensa en eso. Intenta dominar todos los elementos y no permite que ninguno se escape al corsé de la idea original. En ese sentido, la elección de gente de teatro es fundamental para sostener un esquema de este tipo.

Las noticias no son malas, entonces, apenas preocupaciones. El problema que se ve bien es que ese control sobre el material termina limando aristas interesantes, eliminando el desborde, dejando de lado cierta espontaneidad o invención inmediata, para darle importancia y peso a lo que ya está en el guión. No es la puesta claustrofóbica lo que atenta contra la fluidez como mundo de la película, sino otra cosa: el cálculo. Hay reglas demasiado fijas que no permiten ir más allá de los textos, penetrarlos y encontrarles algo más. Sobran respeto y conocimiento de la obra de Cortázar, pero falta la sana interpretación, el divertido faltarle el respeto, un pecado de amor, más que un alarde de conocimiento. En los momentos que sí funcionan, Sabanés muestra mano para divertirse con el cine y contagiar esa alegría.

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