Una historia a puertas cerradas

A más de más de una década de su presentación en sociedad (con el corto Ratas!, de Historias Breves II), Diego Sabanés estrenará mañana Mentiras piadosas , su primer largometraje, que abreva en algunos tópicos literarios de Julio Cortázar, entre ellos los de la salud de los enfermos.

Diego Sabanés (Foto La Nación)

Diego Sabanés (Foto La Nación)

Por Claudio D. Minghetti (La Nación)

“No podía creer que Aurora Bernárdez -la viuda y administradora de los derechos del autor de Rayuela – me diera su visto bueno después de leer el guión. Fue muy generosa conmigo”, explica el cineasta. “Mi meta era conservar la esencia literaria del escritor”, dice, la misma de la que con resultados dispares ya habían sacado partido Manuel Antín, Michelangelo Antonioni, Luigi Comencini y Jana Bokova, entre otros. “Yo no autorizo cualquier cosa”, recuerda que le confió Bernárdez.

Mentiras piadosas cuenta una historia familiar, que comienza cuando Pablo, el menor de la familia, viaja a París para ganarse la vida como músico. Su madre se preocupa, más aún cuando pasan los meses y no da señales de vida. Desde ese momento, los hermanos del joven violinista, ayudados por sus tíos, comienzan a escribir cartas y a enviarle regalos a esa mujer manejadora, que trata de sostener las apariencias, pero apenas sale de la cama. No son los únicos que entran en este jugo peligroso, el de reinventar al ausente, al punto que todos, o casi todos, se muestran cada vez más convencidos de que la verdad es, a fin de cuentas, una construcción que pueden manejar a su antojo.

Sabanés contó con un elenco principalmente teatral que encabeza Marilú Marini, en su primer protagónico en el cine nacional, Claudio Tolcachir, Paula Ransenberg, Verónica Pelaccini, Claudia Cantero, Hugo Alvarez, Walter Quiroz, Ruben Szuchumacher, Lydia Lamaison y Víctor Laplace. “Les di libertad de interpretar a Cortázar sin seguir su patrón. Lo suyo era más lúdico. La cosa era interpretar a los personajes como entidades en sí mismas y por eso en los ensayos trabajamos la improvisación. Por suerte conté con un elenco que enriqueció mucho el guión”, asegura.

“Creo que mi película escapa al juicio de fidelidad. Me gustan las adaptaciones que toman algo del original y subvierten el resto”, confiesa.

“Desde el principio tenía a Patricia y a Claudio, después en 2004 aparecieron Marilú y Walter, y ya en el 2006 el resto. Si fue atrevido meterme con Cortázar, también lo fue pedirle a Marilú hacer una película en la Argentina como protagonista. Me pareció interesante pensar a esa madre desde el lugar de energía que tiene como actriz. Es alguien con un carisma muy intenso en el escenario y quería explorarlo con la cámara a partir de un personaje ambivalente, que al mismo tiempo es vulnerable y tiránico, una dulce manipuladora que camina todo el tiempo en un doble filo, con una gran capacidad de seducción”, dice.

“Cuando los actores aportan energía y buena onda lo que estás haciendo se potencia, como un río que te lleva, y es muy saludable, a pesar de que el rodaje se convierte en un campo de batalla”, asegura.

“Si bien transcurre a fines de la década del 50, no quería hacer una película de museo, sino una de aquellos años, en todo sentido, es decir en cuanto a lo estético, pero también en cuanto al estilo de cine. Pensé en compensar el estilo de aquellos años con un lenguaje de cine más contemporáneo, más despojado, cámara en mano. Quería que transcurra en 1958 y que parezca filmada entonces. Creo que lo logramos”, concluyó.

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