Del teatro, el cine y el juego.

Tolcachir, Marini y Sabanés en el Rodaje

Tolcachir, Marini y Sabanés durante el Rodaje.

Por Leonardo M. D’Espósito (Crítica)

No es fácil llevar al cine una obra literaria –tan literaria, valga la redundancia– como la de Julio Cortázar, autor endiosado o defenestrado de acuerdo con las olas críticas, pero, de todas maneras, grande. No es fácil y es peligroso; aun así el director Diego Sabanés se animó a tomar “La salud de los enfermos” (y “Cartas de mamá”, y “Casa tomada”, y climas cortazarianos varios) para crear su ópera prima Mentiras piadosas. “La verdad es que el proyecto lleva diez años –comentó el director a Crítica de la Argentina–, así que el Diego que la escribió no es el mismo que la filmó o que la estrena. Lo hice con un espíritu muy adolescente. No pensé que fuera a ser juzgada en comparación con la obra. Ahora estoy cayendo y me doy cuenta de que es un lugar complicado: a lo mejor aparece un cortazariano y me tira con la obra completa por la cabeza. Pero es lo de menos.”

–¿Y por qué lo elegiste?

–Creo que a veces uno elige las cosas de manera muy primitiva, hay como un valor arcaico que te lleva a ciertos materiales. Es como si te pertenecieran de alguna manera, es el poder que tienen algunos artistas para entrar en la cabeza de uno. En el caso de Cortázar me sentía muy atraído por sus cuentos, era como leer en un espejo algo que estaba en alguna parte de mi cabeza. Por suerte, y para mi sorpresa y la de muchos, Aurora Bernárdez, viuda y albacea de Cortázar, me autorizó el guión, lo que es raro porque es muy celosa de lo que se hace con esa obra. Fue como una bendición celestial y le dio más solidez al proyecto.

–¿Qué te interesaba del estilo de Cortázar en particular?

–En principio, el cruce entre el universo cotidiano y por momentos costumbrista y eso más inquietante, el extrañamiento del que solía hablar el propio Cortázar. Él decía que no había un mundo real y otro fantástico, sino que todo formaba parte de lo real, que algunos pueden ver esos elementos extraños como fantásticos. También me atrae mucho de la literatura de Cortázar el sentido del humor, su mirada un poco irónica respecto de ciertas manías de la clase media. Tiene un sentido del humor muy popular, muy vinculado a lo argentino que ya estaba en Arlt o en ciertos tangos y luego se perdió. Yo quería recuperar ese espíritu y pasar del humor costumbrista a lo inquietante. Por otro lado, el único espíritu que traté de respetar es el del juego: Cortázar habilita jugar. No traté de ser fiel a lo argumental sino al espíritu lúdico. Pensar tramas, imágenes, una anécdota de mi familia, y tratar de darle una unidad coherente.

–Hay también cariño por los personajes. 

–Sí, es que no comparto –y es algo que noto mucho en la dramaturgia contemporánea– el cinismo o la distancia respecto de los personajes. No es que la mía sea una mirada piadosa, sino que intenta ser de igual a igual. La película también es autocrítica, porque habla de las ficciones que uno se crea para sostenerse, y todos necesitamos esas ficciones para creer que algo es posible, sea un amor a la distancia o que un peso es un dólar. (Risas).

–¿Por qué elegiste a gente de teatro como Marilú Marini, Claudio Tolcachir o Rubén Szuchmacher?

–En parte porque mi formación es también teatral y amo el teatro. Pero además porque es la historia de una puesta en escena, de una representación. Y esa clase de actores era la más adecuada. Por otra parte, me gusta pensar en una película como en un lugar de encuentro de elementos y personas diferentes y registrar lo que sucede.

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