Archivo para agosto, 2009

Felisa Critica “Mentiras Piadosas”

Posted in Críticas on 31 agosto, 2009 by Mentiras Piadosas

 Felisa, gurú de la crítica argentina, fue a ver “Mentiras Piadosas” y le puso “ocho felisas”. Le gustó mucho aunque dice que lloró casi toda la película.

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La visión barroca de Julio Cortázar

Posted in Críticas on 26 agosto, 2009 by Mentiras Piadosas

Por Isabel Croce  (La Prensa)

Nora y Jorge son hermanos, integrantes de una tradicional familia clase media alta. El centro de la casa es Mamá, enferma crónica, alrededor de quien gira la vida. Cuando Pablo, el menor y preferido se va a París, algo parece romperse.

Su misteriosa desaparición obliga a los hermanos a disfrazar la realidad para no lastimar a Mamá.
Basado libremente en el cuento “La salud de los enfermos”, de Julio Cortázar, fue publicado en “Todos los fuegos el fuego”, aparecido en 1966 y es un fiel representante de los temas y obsesiones del autor, como la irracionalidad y lo fantástico, el humor y los mundos paralelos.

Marilú Marini y Paula Ransenberg

Marilú Marini y Paula Ransenberg

FANTASMA DE PARIS
 ¿Qué es lo que hace que toda una familia confabule para evitar el dolor a un ser querido? No hay otra palabra que el amor, la piedad, la necesidad de que el otro no sufra y también el rechazo a sufrir uno mismo la consecuencia del dolor del otro. Pero, llamativamente, en el caso de esta familia de desconocido apellido, las mentiras piadosas y no tanto son una suerte de caparazón ortopédico que termina por enquistarse para siempre en su existencia.

Si a Mamá se la aísla del dolor de la desaparición del hijo, la misma Mamá entonces joven, oculta la vergüenza de un marido alcohólico y don Juan y con la abuela ignora a las amantes que, por una u otra razón llegan a la casa.

Aunque les repugne el interés por el dinero del señor Milstein, se mienten recibiéndolo y utilizándolo y son capaces de mutilar un sentimiento afectivo por mantener un status social (Nora y el verdulero). El problema es que esas mentiras piadosas van recubriendo la familia, el estrato social, la vida de un grupo de seres que terminan ellos mismos por creer la ficción e incorporar y ocultar para siempre la realidad.

MISTERIO Y HUMOR

Este es el primer filme de un gran director Diego Sabanés, sensible y con una especial condición para el manejo de actores. Con guante de seda fue capaz de trasfundir en imágenes cinematográficas el lenguaje literario de uno de nuestros mayores creadores literarios, generando su mágica atmósfera de misterio, humor y sarcasmo. Con tomas mínimas, morosos paneos, recorte de objetos que significan un mundo (la escalera, la roseta vidriada del techo) edifica el Universo-Cortázar, donde el pasado se cristaliza y la casa familiar se convierte en una cálida matriz ajena a los sonidos y las imágenes del afuera.

Perfectas actuaciones en todos los integrantes del grupo y decimos todos, desde Marilú Marini, que parece haber nacido para enfundarse en esa ambigua Mamá cortazariana, ingenua y maligna, rodeada de sus queridos muñecos familiares (Claudio Tolcachir, Walter Quiroz, Paula Ransenberg), hasta la joven criada, ideal del tío Ernesto.

Una realidad paralela

Posted in Críticas on 22 agosto, 2009 by Mentiras Piadosas

“Mentiras piadosas”, opera prima de Diego Sabanés, captura la esencia del cuento de Cortázar en que se basa.

Por Miguel Frías (Clarín)

Paula Ransenberg

Paula Ransenberg

En Mentiras piadosas, el realizador Diego Sabanés tiene la rara osadía de no ser moderno. De recrear un clásico literario del siglo XX con procedimientos cinematográficos funcionales a esa historia, no a la mera innovación. Sabanés evita cierta endogamia generacional. Los personajes de su opera prima -que también son los de Cortázar: hablamos de una versión libre de La salud de los enfermos– ejercen, en cambio, la endogamia más asfixiante: la familiar. Construyen, sin saberlo, como barrera frente a la muerte y otras angustias “externas”, un universo fantástico en donde sólo había costumbrismo. Un universo cerrado del que, más tarde, no pueden o no quieren salir. O que ni siquiera perciben.

El mecanismo funciona muy bien en cuentos de Cortázar y Bioy Casares, pero suele fallar cuando se transforma en cine. No es éste el caso.

En La salud… un joven muere en un accidente, en Montevideo, y su familia le inventa a la madre -enferma- que está trabajando en Brasil. Mentiras… es, en este punto, más ambigua: el muerto (Walter Quiroz) no está necesariamente muerto: es un violinista que viaja a París y deja, simplemente, de dar señales de vida. Marilú Marini interpreta a la madre; Claudio Tolcachir y Paula Ransenberg, a los hermanos; Verónica Pelaccini (una revelación, junto con Ransenberg), a la novia. Sus gestos contenidos, sus miradas trabajadas con planos cerrados -en el asfixiante interior de una casona de fines de los ’50-, nos transmiten cómo los (nos) invade una suerte de irrealidad hecha de ambigüedad y claustrofobia.

Sobre los tíos (Hugo Alvarez y Claudia Cantero) recae gran parte del tono de comedia negra del original, mientras lo siniestro, lo cotidiano volviéndose extraño, sigue invadiendo la casa. La familia envía cartas apócrifas -tan centrales en Cortázar, tan arruinadas por la tecnología como elementos dramáticos- con noticias de los supuestos triunfos del desaparecido en París: construcción de una realidad paralela.

El matriarcado y sus mandatos, la impostada alegría que rodea a los enfermos, los patológicos entramados familiares se ponen en juego en Mentiras…, a través de personajes observados con distante cariño. En algún momento, ya no se sabe quién cree qué. Ni cuál es la verdad, si hay una. Un plano del final muestra, desde el interior de la casa, a una silueta espectral tras un vidrio. Pero, a esta altura (del filme y de nuestras vidas), ya imaginamos de qué lado están los fantasmas.

La ambigüedad como sistema estético

Posted in Críticas on 22 agosto, 2009 by Mentiras Piadosas

En lo que el cuento original y la versión cinematográfica coinciden es en el modo en que una segunda realidad, enteramente construida, se superpone sobre lo real-cotidiano hasta tomar posesión y vampirizarlo, un tema cortazariano por excelencia.

Por Horacio Bernades (Página 12)

Claudio Tolcachir

Claudio Tolcachir

En los ’80, Julio Cortázar quedó identificado con un setentismo en retirada. Su nombre fue sometido a algo así como una purga intelectual, expulsado del paraíso de la consideración crítica y desterrado a un exilio que lleva más de un cuarto de siglo. Exilio del que una serie de resueltas notas reivindicatorias, publicadas en ocasión de una reciente edición de escritos inéditos (Papeles inesperados, Alfaguara, 2009), parecería querer arrancarlo. Tal vez se trate de una casualidad, tal vez no. En sintonía con ello, el cine argentino vuelve sobre la obra de Cortázar, cuatro décadas más tarde de aquellas famosas adaptaciones de Manuel Antin (La cifra impar, Circe, Intimidad de los parques). Para no hablar de las del mismísimo Antonioni (Blow Up) y Luigi Comencini (El embotellamiento, 1979). Adaptación libre de uno de sus cuentos más legendarios, sería para celebrar que Mentiras piadosas anuncie un regreso de la obra de Cortázar a la pantalla, teniendo en cuenta la clase de diálogo que el cine está todavía en condiciones de entablar con ella.

Opera prima del graduado de la FUC Diego Sabanés, como el propio autor señaló en la entrevista publicada ayer por Página/12, la de Mentiras piadosas es una adaptación libre de La salud de los enfermos, relato originalmente publicado en Todos los fuegos el fuego (1966). Sabanés respetó la idea y casi todas las circunstancias básicas del texto, su atmósfera e intención. Pero sacó y puso personajes, produjo un par de modificaciones radicales (una de ellas reduce la dimensión fantástica, anulando el final-sorpresa), torció relaciones, inventó pasados y oficios, dio forma concreta a detalles de época que en el relato original apenas se insinúan. El nudo sigue siendo el mismo: ante la falta de noticias del hijo menor, que partió al extranjero, el resto de los miembros de la familia inventa una correspondencia inexistente y se la lee periódicamente a la postrada mamá, manteniéndola a salvo de una temida o fabulada recaída.

El Alejandro del cuento se llama Pablo (Walter Quiroz) y no es un ingeniero en viaje a Brasil, sino un músico que fue a probar fortuna en París. Diferencia más sustancial, mientras en la tercera página del cuento se lee que “Alejandro se había matado en un accidente de auto, a poco de llegar a Montevideo”, aquí nunca se sabe por qué Pablo no da señales de vida. Si se conviene que uno de los efectos más notorios de la literatura de Cortázar es la ambigüedad, ¿podría alguien quejarse de la modificación practicada por Sabanés? En lo que original y versión coinciden es en el modo en que esa segunda realidad, enteramente construida, se superpone sobre lo real-cotidiano hasta tomar posesión y vampirizarlo. Tema cortazariano por excelencia, Sabanés acierta al detallar la creciente obsesividad con que Jorge, hermano mayor de Pablo (el dramaturgo Claudio Tolcachir, apropiadísimo), construye esa otra realidad, con ayuda de mapas, fotos, postales y recortes.

Esa ficción que Jorge construye, dialécticamente lo construye a él. En la medida en que va siendo capturado por el fantasma al que dio cuerpo, Jorge abandona progresivamente lo real y se desinteresa del negocio familiar, una sombrerería muy de época. Esencial en Cortázar, la idea del doblez se corporiza en el personaje de Mamá. Imposible saber si está enferma o se hace. Si es víctima, beneficiaria, cómplice de la confabulación familiar, o todo eso junto. En una de sus infrecuentes apariciones en el cine argentino (no lo hacía desde El impostor, más de diez años atrás), Marilú Marini pule hasta lo indecible todas sus aristas, con una mirada que sabe ser controladora, intencionada y juguetona. Esto último le permite encarnar el sentido del humor, la ironía, el espíritu lúdico propios de Cortázar, que en el cuento funcionan en el terreno mismo del lenguaje y aquí están depositados en ella.

Para el final, tres cuestiones discutibles y tres respuestas posibles. ¿Es la de Sabanés una versión excesivamente académica, sobre todo tratándose de un autor tan moderno como Cortázar? Tal vez. Pero lo cierto es que a medida que la película avanza, Mentiras piadosas da la impresión de ir dejando las polillas a resguardo, en alguno de los muchos armarios de la casona. ¿Hubiera sido aconsejable poner en imágenes las descripciones de París que “Pablo” hace en cada carta “enviada desde allí”? Posiblemente, teniendo en cuenta que se trataba de trasponer letra a imagen. ¿Para qué sirven los flashbacks que evocan al padre, cuando todavía vivía? Protagonizados por Víctor Laplace, se diría que cumplen la misma función que el personaje de la abuela, que no está en el cuento y da pie a la actuación de Lydia Lamaison: para sumar nombres conocidos al elenco. Y sólo eso.

Buena recreación del mundo de Cortázar

Posted in Críticas on 22 agosto, 2009 by Mentiras Piadosas
Tolcachir, Ransenberg, Marini

Tolcachir, Ransenberg, Marini

Por Daniel Paraná Sendrós (Ambito Financiero)

Minuciosa, sutil, de una ironía apenas sugerida, un elenco muy bien amalgamado, puesta en escena precisa, donde todo calza justo, sin ostentaciones que distraigan, exquisita selección de tonos y entonaciones, y unas resoluciones absolutamente cortazarianas (esas donde por ahí alguien deja entender ambiguamente que tiene la clave de algo, o simplemente resulta que se cruzó al otro lado, sin solución de continuidad, manteniendo toda la compostura, como si lo suyo fuera lo más común y aceptado del mundo). Así es esta bienvenida película de Diego Sabanés, libremente basada en «La salud de los enfermos» y otros cuentos de Julio Cortázar.

Del original se conservan el nombre de la pobre tía Clelia, su inoportuno malestar, y el planteo básico: el hijo menor se fue por unos meses que ya se alargan, no escribe ni una postal, y, para tranquilizar a la madre enferma, la familia inventa toda una correspondencia. Según ella, el joven va de éxito en éxito, la vida sonríe y canta, y le brinda tanto trabajo que no sabe cuándo podrá hacerse un tiempito para ir a verlos.

Del resto, cambian muchas cosas. El ausente ya no es un ingeniero muerto en Montevideo, sino un músico que se va a probar suerte en Paris. Quizá tiró la chancleta al verse entre las Ivonne, siguiendo la vocación del padre y del tío, quién sabe. Acá dejó una novia, la hermana que se ocupa de la casa, la mamá, que conocemos despierta, mascullando algo, y apenas abren la puerta se hace la dormida, vieja mañosa y dulzona, ella les enseñó a todos que la verdad no siempre es la realidad, sino la mentira, sobre todo si es piadosa. El conejito «se volvió al bosque», el papá «estaba atendiendo a una señora que se sentía mal», en fin. Y los hijos son buenos alumnos. ¿Pero quién llama ahora por teléfono? Nada está del todo bajo control, cuando se miente, aun cuando un personaje nos recuerde el viejo dicho «de ilusión también se vive» (lo hace refiriéndose a un gobierno que promete rebajar impuestos).

«La salud.» no es el único cuento de Cortázar que aquí encontramos. Hay detalles de otros, como sazonando la historia, dándole más sabor. Es un gusto descubrirlos, es un gusto reencontrar el mundo del escritor en ese mundito familiar de hace medio siglo, y es un placer encontrar esta primera película de Sabanés, hecha con mano tan aplomada que no parece la de un debutante. Se esperaba este debut, desde aquel memorable corto, «¡Ratas!», que hizo con Dieguillo Fernández para «Historias Breves II», largos años atrás. Se tomó su tiempo. No la habrá tenido fácil. Pero valió la pena.

Además, Marilú Marini nunca estuvo mejor en la pantalla, luminosa, sugerente, como corresponde a esa madre que algo se está guardando. Única pena, no darle una escenita más a Lydia Lamaison. Hace dos apariciones, con actitudes de suegra fastidiosa (y también mentirosa), apariciones breves, pero tan expresivas, que son un regocijo aparte (botón de muestra de su estilo, los créditos finales de «Mentiras piadosas» pueden apreciarse junto a otros notables del cine, en http://www.artofthetitle.com ).

Un Cálido y Amargo Retrato.

Posted in Críticas on 22 agosto, 2009 by Mentiras Piadosas
Claudio Tolcachir

Claudio Tolcachir

Adolfo C. Martínez (La Nación)

Un viejo caserón alberga a una numerosa familia encabezada por una madre enferma a la que todos, desde sus hijos hasta sus criadas, cubren de amorosas atenciones. Desde su cama ella dirige todo y trata de ocultar sus preferencias por Pablo, uno de sus vástagos, al que le apasiona la música clásica y es ya casi un virtuoso del violín. Un día, Pablo decide, a invitación de su profesor, trasladarse a París.

La madre le hace prometer que siempre le escribirá, pero las cartas no llegan. Jorge y Nora entonces comienzan a inventar misivas, tarjetas postales, dibujos y regalos para hacerle creer que Pablo está triunfando.

El tiempo pasa y los dos hermanos continúan engañando a su madre, pero aquellos años de bonanza ya se están quebrando, pues el comercio de venta de sombreros atendido por otro de sus hijos está al borde de la bancarrota y comenzará entonces a desmembrarse todo ese micromundo. La casa va siendo desmantelada para que ese sueño de la madre -una excelente labor de Marilú Marini- pueda proseguir sin fisuras. Inspirado en un cuento de Julio Cortázar, al que aquí el director y guionista Diego Sabanés intercaló otros relatos de ese escritor, el film es un cálido y amargo retrato de ese grupo en vías de extinción. Mentiras piadosas encuentra un apoyo en la acertada recreación de la época y en los muy buenos trabajos de Claudio Tolcachir y del resto del elenco. Tanto la fotografía como la música son otros muy válidos puntales para recrear un relato que posee, sin duda, ese clima entre cálido y fantasmal de toda la obra literaria de Julio Cortázar.

Una Historia de Cronopios y de Famas

Posted in Críticas on 21 agosto, 2009 by Mentiras Piadosas

El debut de Diego Sabanés en la dirección de un largometraje resulta un film curioso. En principio, porque tiene una enorme y sana ambición: no es sencillo tomar a un clásico universal  y contemporáneo como Cortázar y animarse a hacer una película.

Por Leonardo M. D´Espósito (Crítica de la Argentina)

Walter Quiróz y Claudio Tolcachir (Foto: Tobías Bruns)

Una tarea mucho menos sencilla que partir de la obra de Cortázar es condensarlo en lo que se podría llamar un film (casi) industrial, técnicamente impecable y con vocación de gran público. Y lo primero que se puede rescatar es esa vocación un poco oceánica del realizador.

No hay malas noticias, tampoco entusiasmos desmedidos. La historia es la desaparición de un joven y una familia empeñada en que su madre no se entere. En el relato original había un muerto; aquí, no, o no necesariamente. El proceso de duplicar constantemente la apuesta para sostener la ficción va enrareciendo la vida de los personajes hasta que la propia mentira, ya no piadosa sino desesperada, se apodera de todos. En todo esto, Sabanés se muestra preciso, concentrado: como director, parece uno de esos deportistas que sabe que debe llegar a cierta meta y sólo piensa en eso. Intenta dominar todos los elementos y no permite que ninguno se escape al corsé de la idea original. En ese sentido, la elección de gente de teatro es fundamental para sostener un esquema de este tipo.

Las noticias no son malas, entonces, apenas preocupaciones. El problema que se ve bien es que ese control sobre el material termina limando aristas interesantes, eliminando el desborde, dejando de lado cierta espontaneidad o invención inmediata, para darle importancia y peso a lo que ya está en el guión. No es la puesta claustrofóbica lo que atenta contra la fluidez como mundo de la película, sino otra cosa: el cálculo. Hay reglas demasiado fijas que no permiten ir más allá de los textos, penetrarlos y encontrarles algo más. Sobran respeto y conocimiento de la obra de Cortázar, pero falta la sana interpretación, el divertido faltarle el respeto, un pecado de amor, más que un alarde de conocimiento. En los momentos que sí funcionan, Sabanés muestra mano para divertirse con el cine y contagiar esa alegría.