Por Qué Cortázar

 Artículo escrito para el suplemento ETC del diario La República, de San Luis, con motivo del 25º aniversario de la muerte de Cortázar.

Blow Up de Antonioni

Blow Up de Antonioni

Mi primer encuentro con Cortázar no fue en la biblioteca sino el cine. Estaba cursando el secundario y tuve que quedarme en cama por una gripe, en pleno invierno. El viejo ATC daba una película llamada “Deseo de una Mañana de Verano”. Título raro. Y más raras aún las imágenes. Un fotógrafo que espiaba a una pareja en un parque, luego revelaba las fotos y descubría un crimen, o al menos eso era lo que pensaba. Yo no veía ese tipo de películas y estaba lejos de reconocer que era “Blow Up” y de saber quién era Antonioni.

Para ser sincero, entendí muy poco lo que pasaba. Sin embargo no podía dejar de mirar. Y recuerdo esa partida final de tenis, esos mimos pidiéndole con gestos al fotógrafo que les alcanzara la pelota invisible. No podía explicar cómo o por qué, pero en esa escena muda había algo que no se podía nombrar y que quizás por eso resultaba perturbador.  

Hoy creo que el mayor acierto de Antonioni al adaptar tan libremente “Las Babas del Diablo” fue ese: no sólo le puso imágenes; le puso misterio. Y ese misterio inclasificable es lo que más me atrae de la literatura de Cortázar. Ese tajo que se produce como por descuido en cualquier situación cotidiana y de pronto deja asomar otro mundo paralelo, amenazante. Y el desafío que me propuse con “Mentiras Piadosas” era explorar esa línea, ese punto de fricción. ¿En qué momento una mentira repetida y repetida termina por volverse verdad? ¿En qué momento las lágrimas de risa se convierten en tristeza?

 

Como si no tuviera bastante con esto, también me propuse tender un puente hacia otro componente del mundo Cortázar que el cine ha transitado mucho menos: su sentido del humor vinculado a las buenas costumbres. Creo que la mayoría de las películas basadas en su obra (como la trilogía dirigida en los años 60s por Manuel Antín: La Cifra Impar, Circe, Intimidad de los Parques) dejan de lado ese aspecto costumbrista. Yo siempre había sentido que los personajes de algunos cuentos parecían parientes de los de otros. Por ejemplo, la señora de Cinamomo que ayer fue a despedir a La Ñata a la estación (“Observaciones Ferroviarias” de Un Tal Lucas) bien podría vivir en la calle Humboldt (como la familia de “Simulacros” en Historias de Cronopios y de Famas).  

 

Por eso quienes se sientan a ver “Mentiras Piadosas” se sorprenden un poco de que la película comience anunciando una comedia familiar y poco a poco se vaya envenenando hasta terminar en otra cosa medio difícil de definir. Son como dos películas en una; una que degenera en la otra. Si el tránsito se da fluidamente, si por momentos se ríen y de pronto se quedan mudos, entonces habré logrado lo que quería. Le toca a ustedes decidirlo.

 

Y de paso, échenle un vistazo a los cuentos de Cortázar. Seguro que tienen algún ejemplar dando vueltas en casa. Como los buenos vinos, mejoran con el tiempo.

 

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